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domingo, 15 de octubre de 2017



En octubre se cumplen 45 años de la más grande efeméride del deporte salvadoreño. Ese 8 de octubre de 1969, allá en Kingston, Jamaica, un grupo de jóvenes cuscatlecos, dirigidos por el técnico argentino Gregorio Bundio Núñez y su auxiliar, el italiano José Santacolomba, clasificaban para el Mundial de México 70, al derrotar en el tiempo extra a la selección de Haití con el marcador de 1-0. Antes del juego, los antillanos se mostraban muy seguros, ya que eran veloces y diestros en el contraataque, por eso cuando el árbitro Keith Dustan, de Bermudas, marcó el inicio del cotejo, se fueron con determinación al ataque, pero se encontraron con una defensa salvadoreña bien parada.


Durante los 90 minutos reglamentarios, el partido fue muy parejo y culminó con empate a cero goles, por lo que fue necesario jugarse 30 minutos extra. Los muchachos salvadoreños habían perdido el partido anterior en San Salvador con el marcador de 3-0 y no estaban dispuestos a ceder ventajas, de ahí que se plantaron con aplomo frente los espigados rivales. Cuando se jugaban 14 minutos del primer tiempo extra, Mon Martínez se elevó entre varios defensas y aprovechó un tiro de esquina de Élmer Acevedo, que había desviado Genaro Sermeño, y de cabeza la alojó en el ángulo superior izquierdo de la portería defendida por el arquero Francillon, quien en el lance atrapó la pelota pero cayó dentro de la portería. Fue un gol de oro, de esos que conmueven a las multitudes y que provocan que un país entero caiga en el delirio. En la lejanía todo un pueblo se había emocionado y salió a las calles a celebrar para convertir en héroes a sus jugadores.



Mucho antes



La ruta había comenzado meses antes frente a Surinam y Curazao. La FIFA había distribuido los 12 países inscritos para la Copa del Mundo en la Concacaf en cuatro grupos distribuidos así: grupo 1: Estados Unidos, Canadá y Bermudas; grupo 2: Costa Rica, Jamaica y Honduras; grupo 3: El Salvador, Surinam y Curazao; grupo 4: Guatemala, Haití y Trinidad y Tobago. De cada grupo se clasificaría un equipo que, luego, se eliminaría a visita recíproca con el primero de otro grupo. De los cuatro clasificados saldrían dos series. Los dos ganadores jugarían entre sí, siempre a visitas recíprocas para dirimir quién sería el que clasificaba al Mundial. Si se producían empates tendrían que jugarse un partido extra en cancha neutral.



Nuestro primer rival



El 1 de diciembre de 1968 nos tocó enfrentarnos a Surinam y lo goleamos 6-0. El equipo nacional solamente había disputado dos juegos de fogueo. El primero contra Costa Rica, en San José, donde caímos 3-0 con dos anotaciones del Flaco Chavarría y uno de Roy Saenz, quien después vendría a jugar para la UES. Luego tuvimos la visita del Ferroviaria de Brasil, con el que caímos por la mínima diferencia con gol de Perxinho.



En ese primer partido ante Surinam, jugado en el estadio Flor Blanca, abrió la cuenta a los 23 minutos Joel "Cacique" Estrada y a los 56' aumentaba Víctor Manuel Azúcar, malogrado goleador que falleciera en los albores de su juventud en un accidente en la república mexicana. En los minutos finales se destató el equipo nacional y con otro gol del "Cacique" Estrada, Azúcar, "Cariota" Barraza y Mon Martínez se cerraba la cuenta.



Contra Curazao jugamos los dos encuentros en el Flor Blanca, el primero el 12 de diciembre que ganamos por la mínima diferencia con gol de José Antonio Ruso Quintanilla. Tres días después se jugó de nuevo en el mismo escenario y en esa oportunidad volvimos a ganar 2-1 con tantos de Mon Martínez y de "Cariota" Barraza.



Con esos seis puntos ya habíamos clasificado y el partido de vuelta ante Surinam se tomó con cautela y perdimos 4-1 en Paramaribo.



En los otros grupos, Haití había eliminado a Trinidad y Tobago y a Guatemala; los hondureños a Costa Rica y Jamaica en tanto que los Estados Unidos a Canadá y a Bermudas. Entonces se llegó el momento en que El Salvador se enfrentaría a Honduras y Estados Unidos se mediría con Haití.



El primer partido fue en el estadio Morazán de Tegucigalpa, en lo que sería el último juego en la selección del gran "Cariota" Barraza. "El Maestro" ya no podía con las lesiones pero hizo el último esfuerzo. No obstante su patriotismo no pudo evitar que perdiéramos 1-0; Lennear Welch, el defensa central hibuerense, nos hizo un gol cuando el árbitro se alistaba a pitar el final del encuentro. Luego vino el juego de vuelta el 15 de julio de 1969; esa tarde la selección fue una fuerza futbolística que arrasó a los hondureños 3-0, pese a que habían repatriado a la "Coneja" Cardona, quien jugaba en el Atlético de Madrid.



La diferencia de goles no valía y se tuvo que jugar el partido extra en estadio Azteca el 27 de junio. Fue una batalla bajo la lluvia, Mon Martínez anotó a los diez minutos, pero "la Chula" Gómez empató a los 27' con una chilena que venció a Gualberto Fernández; dos minutos después Mon se repitió y venció a Varela, el arquero hibuerense. En la segunda parte, a los siete minutos, "la Chula" Gómez vuelve a anotar, por lo que hubo necesidad del tiempo extra, donde "Pipo" Rodríguez, al minuto 11, hizo el tanto de la victoria.



Ese acierto tuvo una connotación más allá de lo deportivo, no solo porque significó el triunfo salvadoreño, sino porque se recordaría como pretexto para nombrar la guerra que el Ejército salvadoreño libró con su par hondureño, del 14 al 18 de julio de 1969. En el mundo se vivían notables acontecimientos, el hombre estaba por llegar a la Luna, los hippies tenían su paraíso en California, las dictaduras reinaban en Latinoamérica y los movimientos guerrilleros se gestaban. Entre tales coordenadas se disputó lo que muchos llamaron la Guerra del Fútbol, entre dos naciones aquejadas por los mismos males cuyas acciones terminaron con soldados muertos de hambre que, al no tener municiones, hasta reventaron cohetes de vara para atemorizar al enemigo.



Haití, por su parte, había eliminado a los Estados Unidos, por lo que la final se pactó para jugar el primer partido en Puerto Príncipe el 21 de septiembre de 1969.



Ante un lleno total en el estadio Silvio Cator, la selección ganó 2-1. Élmer Acevedo, de tiro libre, abrió el marcador al 43', pero Obas empató al 59'. "Pipo" sería de nueva cuenta el hombre providencial tres minutos más tarde para marcar el 2-1.



Fue un triunfo que nos dejaba a tiro de empate para asistir al Mundial. Para entonces y para demostrar que éramos cordiales, el pueblo se volcó a las calles para recibir a los haitianos. Tal actitud les elevó la moral y nos ganaron 3-0. Desir, Francois y Barthlemy nos sorprendieron y fue así como llegamos al tercer partido en Jamaica, un terreno neutral.



El partido decisivo



Fue histórico porque, ese encuentro, ganado el 8 de octubre en Kingston, ha sido el acontecimiento deportivo más grande de nuestra historia. Ni siquiera aquella victoria sobre México en Honduras en noviembre de 1981, que significó la clasificación a España 82, podría comparársele. Lo de Kingston tuvo de todo: intensidad, suspenso, emoción y un final que no podía ser más dramático. No hubo figura que sobresaliera sobre las demás, el mérito fue colectivo.



Durante el partido la gente se pegó a los radios en una vigilia ansiosa y allá en Jamaica, cuando cayó el gol de Mon Martínez, los integrantes de la Selecta evidenciaron enormes recursos espirituales. A veces sacando la pelota de la zona de peligro, por sacarla, sin meditar sobre su destino, sin miedo al ridículo mientras que en el arco el grandioso Gualberto Pulpo Fernández se agigantaba. En la defensa Roberto Rivas, Salvador Mariona, Jorge "Indio" Vásquez y Mauricio Manzano se multiplicaban, con la ayuda del "Ruso" Quintanilla, Salvador Flamenco Cabezas y Mario Monge e incluso Élmer Acevedo que se mostraba para la salida.  Arriba, "Pipo" Rodríguez jugando lesionado y el sensacional Juan Ramón Mon Martínez aguantando de todo con los centrales haitianos. La dignidad de El Salvador estaba siendo premiada, acaso con generosidad, pero con mucha justicia.



En tanto, a lo lejos se ponían en actividad los mecanismos más profundos y misteriosos de nuestro pueblo. Se dice que en Izalco había un aquellarre en una vivienda cercana a la de Salvador Mariona; en el barrio San Miguelito los vecinos se habían reunido en la casa de los Flamenco Cabezas y allá en El Congo doña Chaguita Sermeño, amada madre de Genaro, había ordenado suspender el destazo. Unos rezaban, hacían promesas, otro se arrodillaban implorando al cielo.



Por eso cuando el partido terminó cundió la euforia, la gente salió a las calles para celebrar, reventar cohetes, brindar, aunque la mayoría ya andaba alegre. Muchos se tomaron asueto al día siguiente por su propia cuenta y riesgo luego de 120 minutos de estar pegados a la radio. Y allá en Kingston los muchachos se fundían en un abrazo interminable, mientras que El Salvador comenzaba los preparativos para recibir a sus héroes. Desde entonces este grupo de jóvenes de otrora sigue reuniéndose periódicamente y, aunque algunos ya se marcharon, permaneces unidos por el fútbol y por aquella gesta inolvidable.

lunes, 9 de octubre de 2017



POR AMOR A LA CAMISOLA

Hay camisolas que sobreviven en la memoria de los aficionados. Son esas que corresponden a momentos triunfales, que tienen un significado especial. 



Los aguiluchos no conciben otro color que el anaranjado; tigrillos y toros la combinación del azul, blanco, rojo; los marcianos el azul, "cocoteros" y dragonianos, el verde; los universitarios el rojo y los aliancistas el blanco, por más que con el color celeste y hace más de medio siglo le hayan ganado al Santos de Pelé. En la actualidad y por razones comerciales, los dirigentes acuden a diferentes colores y diseños que hasta parecen catálogos de venta, pero hay que buscar ingresos y complacer a los patrocinadores, de manera que tienen el uniforme de local, de visita, el tercer uniforme y cualquier otro que saquen para poder vender.

Si ustedes revisan los armarios de los futbolistas retirados o no, encontrarán guardadas con esmero las camisolas que lucieron en sus años de gloria. Para ellos son tesoros, donde cada prenda tiene una historia singular.

Sé de dos que tienen sus pequeños museos, que saben donde está cada cosa: Mauricio “Pipo” Rodríguez y Jaime “Chelona” Rodríguez. Colocados con suma delicadeza y con visitas frecuentes, guardan en un lugar de sus casas todo aquello que les recuerdan sus triunfos especialmente sus camisolas. “Pipo” siempre jugó en equipos nacionales y las tiene celosamente guardadas, incluso los trajes de calor o pants y numerosos objetos relacionados como trofeos, placas, diplomas, cuadros, pines, souvenires.

También los tiene Jaime, quien militó en equipos de tres continentes: Europa, Asia, América. Y ha tenido la “Chelona” el sumo cuidado de guardar publicaciones y fotos de tantos países donde el deporte lo ha llevado.

El “Mágico” González no es amigo de esas sutilezas e incluso ni habrá de acordarse de los colores y diseños de sus equipos.

Corría el año 1981, recién pasaba la ofensiva del FMLN, el país se debatía en una contienda sangrienta, pero el fútbol nunca paró. Por eso siempre he dicho que los muchachos que fueron a España 82 son doblemente heróicos.

Pues ese día la plantilla del Independiente iba en el bus a entrenar a San Vicente. La cautela era imprescindible porque a menudo encontraban cadáveres tirados sobre el pavimento. En una curva fueron detenidos, encañonados por un retén y varios sujetos conminaron a los jugadores a bajarse. El del asiento de adelante era “Quino” Valencia quien entró en pánico cuando el jefe del grupo lo identificó: -“¿vos sos “Quino” Valencia?”, le preguntó; pero otra voz lo distrajo, -"¡hey aquí está “Lotario”, …y el “Caballo” Vega, “Chus” González, Ismael Quijada, "Gatti" Méndez, la "Tuquita" Gómez y “Carlanga” Rivera!".

Los brasileños Marquinho y Justino da Silva temblaban y de la mejor manera accedieron cuando los muchachos les pidieron sus implementos deportivos y se identificaron como miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo. Ahí quedaron los maletines y el resto del recorrido lo hicieron en silencio. Cuando llegaron a San Vicente y contaron lo ocurrido los dirigentes se las ingeniaron para conseguir nuevos implementos porque el domingo llegaba el Alianza. Ese día del mascón, cuando entraron a la cancha se sorprendieron al divisar en los tendidos populares a un grupo de aficionados vestidos con el uniforme negro y amarillo, quienes se acercaron a la malla metálica para saludarlos y los animaron durante el partido en que vencieron a los albos. Por supuesto que aquellas camisolas no son parte de sus colecciones, pero “Quino” siguió con su costumbre de sentarse adelante y cada vez que pasaban por aquella curva cerraba los ojos y rezaba.

De los títulos ganados uno guarda grandes recuerdos, por más que haya pasado el tiempo, son triunfos objetivados en esos trapos o pedazos de tela que para otros no tendrían mayor significado.

Con el Marte ganamos dos títulos nacionales y solamente guardo una de esas camisolas, la otra se me extravió, más bien alguien me la sustrajo en un descuido, lo cual siempre lamenté.

Del Marte pasé al Juventud Olímpica y en un entrenó volví a ver mi camisola que ya no era mía, la portaba Mauricio “Tarzán” Alvarenga quien al ver mi sorpresa solamente sonrió. No hubo forma de que me la regresara, mucho menos a la fuerza, pues era una mole humana que sabía artes marciales.

En 1973 salimos campeones con el Juventud Olímpica bajo la dirección de Juan Quartarone, clasificamos fácilmente para la ronda final y solamente perdimos un partido ante el Alianza; seis cuadros disputamos dos vueltas, uno contra todos y terminamos invictos en el primer lugar.

En el penúltimo juego ya siendo campeones le ganamos a la UES y hubo fiesta en el “Flor Blanca” con la quema de un castillo de pólvora incluida; creo que fue la última vez que eso ocurrió. Durante los juegos anteriores, un cipote de unos 14 años no me daba agua con la camisola, lo veía siempre y me saludaba cordialmente. Ese día y en medio de la euforia me convenció y accedí a dársela. Sabía que la cuidaría aunque me confesó que era marciano pero que le encantaba como jugábamos y que me seguía desde mis tiempos con “Los Mustangs Azules”.

Pasé al Alianza, luego al Firpo y en 1976, Juan Quartarone, me llevó al Marte donde coincidí con varios de los muchachos que habían sido mis compañeros en el Juventud como Luis Condomí, Rodolfo Baello, Helio Rodríguez, Jorge “Indio” Vásquez y mi hermano Caly.

Asomaba una generación de cipotes que practicaban un fútbol de fina trama y que al equipo titular, en los entrenos, nos hacían quedar mal: Carlos Alberto “Chicharrón” Aguilar, Manuel “Gato” Castillo, Luis “Cuisito” Durán y Danilo Blanco.

Una tarde el Danilo llegó con aquella camisola. Ya no era el cipote escuálido que me la había pedido y estaba en camino de convertirse en un crack ya que después escribió su propia historia en nuestro fútbol. Fue como un hijo que el fútbol me regaló, por eso le digo a Léster Blanco su retoño, que en cierta manera es como mi nieto.

La camisola que guardo del Alianza tiene una historia triste, con esa disputamos el Campeonato Centroamericano ante el Municipal de Guatemala en el estadio "Mateo Flores" y lo perdimos, encima me lesioné.

Un día no la encontré, la busqué por todos lados y llegué a la conclusión de que alguien se la había llevado. Por entonces tenía una amistad entrañable con Arturo Soto Gómez, brillante periodista deportivo quien fuera el director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de El Salvador. Nos frecuentábamos mucho y su hijo Marito era como mi hijo.

Pasaron las semanas y una tarde me sacudió la noticia de que Marito había fallecido repentinamente, tenía apenas 15 años. Anegado en llanto llegué a la casa de Arturo quien me recibió con la camisola en las manos. -“¡Siempre te la quiso regresar, pero le daba pena!”, me explicó, -“quería lucirla ante su amigos aunque le quedaba tan grande”, agregó.

Guardo además otras y una que me recuerda horas felices es la del Platense con la que conquistamos el Torneo Centroamericano de la Fraternidad ante el Saprissa y Herediano de Costa Rica, Aurora y Municipal de Guatemala y el nacional Negocios Internacionales. Me llevó al equipo de Virola: ¿quién si no, mi querido Juan Quartarone con quien celebramos tantos triunfos?.

Ya retirado y en mi condición de periodista llegaron a mi colección otras con igual o mayor significado. En 1989 el Alianza quedó campeón bajo la dirección técnica de don Hernán Carrasco. Había traído a su paisano Raúl Toro quien hizo capote con el equipo blanco. Cultivamos una linda amistad para siempre y al ver su calidad humana lo auxilié cuando pasó algunos momentos difíciles. Ese día que le ganaron la final al Firpo 3 a 1, Raúl las hizo todas y fue declarado el mejor jugador del campeonato. A la hora de la celebración vi como defendió su camisola que muchos aficionados se la quisieron quitar. Entró al camerino a dejarla y salió con otra. Por la noche nos reunimos y me la llevó en señal de agradecimiento. Me conmoví ante el grupo de amigos, pues sabía lo que el gesto significaba.




Otra es la que mis hijos Carlos Manuel y Javier Alejandro, sabiendo de mi amistad entrañable con Ramón Fagoaga, me insistieron que le pidiera una camisola del Marte, que los periodistas dieron en llamar el “Equipo Bandera”. Como la Chana no estaba para esos tafetanes, Ramón esperó que terminara el campeonato para entregármela.

Y para un día de mi cumpleaños, Rafael Cerna me sorprendió con una versión vintage de camisola del Marte, la misma con que fue campeón el 25 de diciembre de 1985 y que fabricaba con tanto esmero Raulito Ayala.

Con esa grandes jugadores como Mario Figueroa, “Cacho” Meléndez, José Luis Rugamas, Ramón Fagoaga, Salomón Campos, Danilo Blanco, Norberto Huezo, Iván Escobar, Raúl Esnal, William Rosales, Marcial Turcios, Guillermo Raggazone y otros nos dieron el último título bajo la dirección técnica del profesor Armando Contreras Palma. Rafa me escribió unas letras tan sentidas que calaron en mi sentimiento, pero advertí que todo se debía al gran cariño que me tiene: -“no creo que exista otro guerrero de la vida y del deporte que merezca mas que vos el llevar puesta esta camisola, así que cuando la usés debés recordar que gracias a vos, “Araña” Magaña, Ramón Fagoaga, Guillermo Castro, José Luis Rugamas, Norberto Huezo, Mario Figueroa, don Hernán Carrasco y otros, este equipo es grande”.




En octubre de 2014 y en el andar periodístico me tocó ir a España con motivo de un clásico entre el Real Madrid y el Barcelona. Mi adorada Andrea Carolina se encargó de enviarme desde la bella bahía de San Francisco una chumpa y una camisola de los merengues. ¡Cómo no tener eso en medio de algodones!, tal como dicen cuando un jugador lesionado se está cuidando para un partido importante.

Pues más allá de lo deportivo, cada una de esas prendas pueden simbolizar profundos y diversos sentimientos: la del Independiente, el miedo; la del “Tarzán”, la impotencia; la de Danilo, la nacencia de una amistad para siempre; la de mi recordado Marito, la tristeza; la del Platense, mi cariño hacia el gran Quarta; la de Raúl toro, el agradecimiento; la de Ramón, el afecto y admiración que le guardo; la de Rafa, el cariño mutuo que nos profesamos y la del Real Madrid que me mandó la Andrea, el amor más puro.

domingo, 1 de octubre de 2017




“El Chelis” es de esos jugadores que hacen referencia a un equipo en específico. En su caso al Atlético Marte de los años setenta, pero además es de los futbolistas que pueden preciarse de haber cumplido el sueño de todos, al ser parte de la selección que clasificó al mundial de España 1982, competencia en la que participó en los partidos ante Hungría y Argentina. Con la selección estuvo en 16 partidos de rondas clasificatorias y aportó su grano de arena en la hexagonal de Honduras, pero para tener un puesto en la Azul se dio a conocer con Atlético Marte en la Liga Mayor.



Rugamas vistió la camiseta de los marcianos por una década (de 1973 hasta 1983), relación que se vio interrumpida nada más en la temporada 1974-1975, cuando militó para Platense. Luego fue traspasado a FAS, donde estuvo dos temporadas antes de ser parte de Municipal de Guatemala (de 1984 a 1986), de donde saldría hacia el fútbol de Belice, donde jugó con el San Pedro Seadogs, hasta 1988.



Como entrenador, fue asistente técnico del mexicano Carlos De los Cobos en la selección que disputó la eliminatoria hacia Sudáfrica 2010. Tras la salida del azteca fue seleccionador interino en 2011.


EL PATRÓN DEL MEDIOCAMPO

Siempre tuvo el fútbol en la mente como un trampolín que le ayudaría a suplir sus necesidades. 
Y si su infancia se desarrolló en un entorno poco gratificante, pronto encontró en la pelota el refugio para combatir tales carencias, ella no permitió que fuera infeliz. 
De ahí que cuando comenzó a destacar, su sencillez y modestia contrastaron con la de muchos principiantes que toman actitudes como que si ya hubieran alcanzado el estrellato.
José Luis “Chelís” Rugamas advirtió muy luego las enormes condiciones que tenía pero jamás permitió que lo contaminara el divismo que asalta con veleidosa frecuencia a quienes el dios del balón ha premiado con aptitudes relevantes. 
Me hacía recordar a otros como Wil Peñate, Víctor Manuel “Patío” Valencia, Carlos Humberto Recinos, Mario “Gata” Rivas, Guillermo Castro, quienes destacaron tanto en el fútbol sin perder la esencia de su humildad. 
Muchos lo recuerdan por el gol que le hizo a Leao el 6 de agosto de 1981 en una tarde memorable de la selección nacional ante el Gremio de Porto Alegre; por sus desplazamientos por las bandas con la melena al viento, por su fuerte pegada y sus siete pulmones. 
Yo lo recuerdo más como volante de contención, ubicado delante de la línea de cuatro, con el Marte, FAS, Municipal de Guatemala, Once Lobos, Cojutepeque y la selección nacional. 
Juan Quartarone lo convenció de tirarse atrás, no podía ser otro, vio en él un sucesor porque como jugador Quarta había perfeccionado la manera de jugar casi metido entre los centrales. Reparó en su inteligencia táctica, su personalidad, su sacrificio, conminándolo a no alejarse del círculo central y convertirse en terrateniente de una parcela donde estaba destinado a mandar.
El “Chelís” venía de hacer goles en el Ascenso con el Atlante, luego con los marcianos e incluso con el Platense campeón de la Confraternidad Centroamericana y de entrada puso sus condiciones. No hubo en él dudas ni ambivalencias y se desenvolvió como que si siempre hubiera jugado en aquella posición. 

Estaba a la sombra de su entrañable Ramón Fagoaga quien lo animó en todas sus cruzadas con el Marte y la selección nacional. Entonces desarrolló una cualidad que no le es propia a quienes juegan delante de la línea de cuatro, con el balón en los pies le dio rienda suelta a su creatividad y esto no tiene que ver con la capacidad técnica o la velocidad para mover la pelota sino en la intuición para organizar ataques, la iniciativa para definir el destino del balón, ser el iniciador del juego y generar esa ventaja que dan los centrales cuando su equipo está atacando y adelantan líneas, buscando los espacios que dejan a sus espaldas. 
Por eso facilitaba que sus volantes creativos jugaran con mayor libertad sin tener que retrasarse tanto, lo cual les permitía que lucieran mejor.
Y estaba muy conciente de su papel de contención llegando a los cierres con una regularidad rayana en la puntualidad, salvando los errores de sus compañeros y luchando entre rivales tocadores, los quites, la recuperación, el sacrificio, la marca de hombre a hombre, la fuerza en las entradas y de eso el mejor testigo fue Ramón “Primitivo” Maradiaga quien lo sufrió en cuanta vez los enfrentó con equipos o con sus respectivas selecciones, aunque al final del encuentro se hayan despedido con un abrazo prolongado, si es que no había salido en camilla.

Un temple de esa naturaleza solo la tienen los cracks y a José Luis eso le sobraba pero además tenía muy buen manejo de la pelota, despliegue, marca y poder de gol mediante sus disparos de larga y media distancia cuando su entrenador le permitía la osadía de llegar cerca del área. 
Y así fue uno de los máximo artífices de aquella gesta en Tegucigalpa cuando logramos la clasificación a España 82.
Con su retiro el “Chelís” se volvió un hombre emprendedor apoyado por Gloria su esposa, fundó su academia de fútbol "Estrellas del Futuro, pero además se recibió como entrenador. Dirigió al Atlético Marte y después llegó como técnico auxiliar de la selección nacional en el ciclo de Carlos de los Cobos. 

Cuando el mexicano se marchó el “Chelís” quedó como entrenador principal y debutó en un partido ante los Estados Unidos en Tampa, Florida en el 2010, que se perdió en los últimos minutos de una rara manera. 

Fue una puñalada de parte de los jugadores quienes tenían el partido arreglado. Un daño terrible a nuestro fútbol, el ciclo más oscuro de nuestra historia futbolística, al que nunca deberíamos volver, en que la decepción y la tristeza nos tomaron por asalto y colmaron de impotencia a los aficionados pues ellos se entregaban al equipo nacional esperando triunfos que no se iban a dar ya que los resultados estaban arreglados. José Luis estuvo un tiempo más y al descubrirse el amaño sufrió una gran frustración pues fue el principal perjudicado. 

Pero tales despropósitos, en modo alguno empañan su brillante trayectoria en donde defendió los colores de sus equipos con calidad y honestidad. Un crack para nuestra historia.

martes, 5 de septiembre de 2017











SERGIO DE JESUS MENDEZ , Foto tomada en el estadio flor blanca en el año de 1969. Este tabudo nacio el 14 de Febrero de 1942 y fallecio a sus 34 años en un tragico accidente en las curvas del delirio en la carretera el litoral el 18 de Diciembre de 1976 , todo el pueblo de Santa Elena lo lloro.









Sergio de Jesús Méndez (nacido en 14 de febrero 1942 y murió en 1978) es un ex fútbol jugador de El Salvador , que representó a su país en la Copa Mundial FIFA 1970 en México . Méndez murió en un accidente automovilístico en 1978.



Sergio Mendez, muere un 18 de diciembre de 1976, en un accidente de transito en su vehículo Datsun 120y color mostaza de dos puertas, 

Quedando atrapado contra un bus en las curvas del Delirio, cuando se dirigía a una boda en San Miguel, salio a las 5:30 de la tarde de Santa Elena, y aunque trataron de esconderles las llaves de su carro , no pudieron hacer mas que sucumbir a su enojo, por detenerlo y cedieron entregándoselas .

Saliendo, dicen con su camisa beige manga larga, pantalón negro formal su saco y atache en el asiento de atrás y su tradicional ¡Hay nos vemos, mañana, bendición mamá! 

Siendo esa la ultima ocasión que vería a su pobre viejita al mas consentido de sus hijos, el que cantaba con ella , el que bailaba con ella cuando llegaba la Pulun Pulun , el que la abrazaba y besaba y siempre se jactaba de decir que ella , su Madre! era la mejor madre y cocinera.
La que lo amarraba al tronco de madera para que no saliera a jugar a las canchas... ya que era juego de vagos , decía...





Nombre y apellidos Sergio de Jesús Méndez
Fecha de nacimiento 14 de febrero 1942
Lugar de nacimiento Santa Elena , Usulután , El Salvador
Fecha de la muerte 1978
Posición de juego Centrocampista
Jóvenes profesionales CD EL Vencedor
* Carrera Equipo
Atlético Marte
- CD Aguila
Equipo nacional
El Salvador de fútbol 1970



El gran delantero de la primera selección salvadoreña que fue a un mundial de fútbol fue Ramón “Mon” Martínez. Sin embargo, Sergio de Jesús Méndez, uno de los máximos artilleros de la historia del fútbol nacional, fue su escudero en la Azul. Nacido en Usulután, específicamente en Santa Elena, “el Tabudo”, como era conocido, comenzó a hacer carrera en el club del municipio, el Vencedor, donde también se ganó el alias de “Chucho”.

Su talento en el área chica para anotar y su habilidad para encontrar el gol llamaron rápido la atención de los clubes de Primera División, por lo que pasó en 1964 a ser parte del Águila, donde compartió equipo con figuras de la talla de Juan Francisco “Cariota” Barraza (Q. E. P. D.) y Juan “Maquinita” Merlos (Q. D. D. G.) y se supo hacer un hueco dentro de las mismas. Sus 83 goles en 141 partidos en seis años, hasta 1970, lo demuestran.

Jugando y anotando goles con los negronaranjas, Méndez llegó a la selección, donde se convirtió en parte del histórico grupo que logró el boleto a los únicos Juegos Olímpicos, los de México 1968. Dos años después regresaría a ese país, pero esta vez para jugar la primera copa del mundo para El Salvador.

De regreso en el país, “el Chucho” recaló en el Atlético Marte. Su carrera en selección terminó en 1974, con 27 encuentros y 14 goles. El 18 de diciembre de 1976 falleció en un accidente de tránsito.

Fue un jugador a quien el dios del fútbol dotó de un olfato especial para el gol, que vivió rápidamente y al que la vida no alcanzó a comprender.
 Sergio Tabudo Méndez siempre tuvo compañeros que trabajaron para habilitarlo y él con su oportunismo y su capacidad para pegarle a la pelota con ambas piernas, su elevada estatura y su buen cabeceo transformaba cada servicio en goles. 

En el Águila fueron Juan Francisco Cariota Barraza, Juan Máquina Merlos, Raúl Corcio Zavaleta; en el Marte, Mauricio Pachín González y en la selección nacional Mario Monge y Mauricio Pipo Rodríguez.
Nació el 14 de febrero de 1942 en Santa Elena, Usulután de ahí lo de tabudo y siempre se mostró orgulloso de sus orígenes. 
Con sus goles y su forma de ser, Sergio produjo un fenómeno acaso destinado para los grandes de trascender más allá de su muerte. Se inició en el Vencedor de su ciudad natal y desde sus albores dio muestras de esa capacidad para golear, cada domingo era la gran atracción por corajudo, pateador y oportuno.

Muy luego los aguiluchos se lo llevaron y como si nada, también allí siguió su producción. Para entonces combinaba su naciente profesión de futbolista con su vocación magisterial y daba clases en la escuela “Dolores C. Retes” de la metrópolis migueleña. Con el Águila ganó dos títulos, en dos veces se coronó como máximo romperredes y su nombre se regó por el país futbolero.

En 1965 don Hernán Carrasco lo llamó a la selección nacional que disputó el II Norceca en Guatemala y al año siguiente apareció en el Atlético Marte donde luego de una serie de reclamos por anomalías en su transferencia comenzó a meter goles en cantidades industriales. Era extrovertido, receloso y de una alegría contagiante que alternaba con momentos de aislamiento. 

Muy luego consiguió gran popularidad y no llegó a ser ídolo por culpa propia pues abundaban los que llegaban a azuzarlo porque no le aguantaban sus desplantes, pero todos sabían que donde jugara Sergio Méndez abundaban los goles. 
Es que podía pasar ignorado durante casi todo el partido pero en un santiamén sorprendía; a menudo se ponía deliberadamente en fuera de lugar y hasta parecía ridículo, pero se las arreglaba para quedar en posición legal y anotaba; es que en la cancha padecía de un egocentrismo funcional y fuera de ella una inconsistencia afectiva que lo llevaba a ser un picaflor, tal como lo entendemos los salvadoreños.
En una ocasión el Marte perdía por la mínima diferencia ante el Adler y los defensas Ricardo Ruballo, Chepe Panameño y José Luis Choco Contreras se burlaban de él. Sobre el final, el árbitro pitó un tiro libre como a diez métros del área grande. Entoces Sergio tomó el balón y exclamó: “¡en esa esquina la voy a meter!”; dicho y hecho, sacó un obús y cumplió su promesa, de manera que el arquero Chino Quintanilla no pudo detenerlo y el Tabudo corrió desaforadamente para gritarlo a quienes lo azuzaban.También llegó a tener mucha fama de que cuando ganaba se agrandaba, eso le ocurría cuando tomaba revancha de sus detractores. En 1968 fue a las Olimpiadas de México y dos años después asistió al Mundial 70, por cierto que previo a la competencia se negó a salir ante una expulsión en partido amistoso y eso casi le cuesta no viajar a México. En una ocasión el Marte andaba de gira por Guatemala y esa tarde en Il Giardino, restaurante propiedad del entrenador italiano José Rossini departían varios parroquianos entre quienes estaban Raúl Magaña y el periodista italo guatemalteco Mario Ferreti. En eso llegó el Tabudo y Magaña cerrándole el ojo a Ferreti le expresó:“¿Mario, ya había escuchado hablar de Sergio Méndez”, a lo que el periodista replicó “ni idea de quien es”. Sergio se sintió acicateado en el amor propio y replicó “ya pronto sabrá de mí”.
El siguiente domingo le hizo tres goles al Comunicaciones y luego dos al Cementos Novella. Ferreti escribió “lo que define por excelencia a Sergio Méndez, es su potencia física, su capacidad para asimilar fuertes marcas, la vitalidad desbordante y por sobre todo su cuota de gol”.
El Tabudo se dió gusto anotando en su carrera pero fue a los equipos guatemaltecos a los que más castigó e incluso tuvo un paso por el Comunicaciones. Con equipos hasta 1970 anotó 83 goles en 141 partidos. Y con la selección su carrera culminó en 1974, con 27 partidos jugados y 14 goles anotados. En 1976 regresó al Aguila contaba 34 años y todavía le quedaban muchos goles por celebrar. Ese 18 de diciembre viajaba a entrenar de su ciudad natal a San Miguel cuando su carro derrapó en las curvas de El Delirio y encontró la muerte. Su vida que había tenido mucho de espectacular terminaba en un accidente aparatoso. Para Sergio Méndez el fútbol fue un constante estar en la vitrina, esa misma que sin llegar a convertirlo en ídolo lo volvió un animador especial de los lugares donde se presentaba y siempre llevando una sonrisa como respuesta a la vida.


--Se enfrentaban el FAS y el Atlético Marte, sobre la punta derecha quedaron en un mano a mano Jorge “Mágico” González y Ramón Fagoaga. Los aficionados esperaban ansiosos la “culebrita macheteada”, en tanto Ramón balbuceaba: -“¡sí, sí, sí... me la hacés, te parto!”. Y Jorge sabía que lo decía en serio. Entonces tomó la pelota en sus manos, se la dio a su compañero de habitación en la concentración de la selección y exclamó: -“¡tomá Negro, esto no es una guerra!”.
--Una placa conmemorativa del primer partido que se jugó de noche en el estadio Cuscatlán guarda un error histórico, pues en la alineación ahí escrita tiene a Luis Rivas como defensa central y no a Ramón Fagoaga. La selección se enfrentó esa nocha al Borussia Monchengladbach, perdió 0 a 2 pero la placa ya estaba hecha con anticipación. El partido se jugó el jueves 24 de julio de 1976 pero el domingo 20 Luis Rivas había sufrido fractura de tibia y peroné en un partido jugado en San Miguel entre su equipo Águila y el Atlético Marte. Un error que Ramón no deja de señalar.
--Por entonces era catedrático en el departamento de periodismo de la Universidad de El Salvador, pero no siendo un teórico destacaba como reportero y redactor deportivo en el periódico La Noticia. Ese día fue a la FESFUT en busca de noticias de primera mano y solicitó información a Jeanette Ruiz quien fungía como secretaria. - “¡Mi papá se llama como usted!” expresó la secretaria, :- “el es de San Salvador”, agregó: - “¡También el mío” dijo Julio Ruiz Martínez!: -“Pero mi papá vivió antes en la colonia Luz”, agregó Jeanette. -“También mi papá” replicó. -“Nosotros ahora vivimos en la colonia La Rábida”, dijo Jeanette plena de curiosidad. - “Yo sé que mi papá vive por ahí”, dijo Julio.
Esa noche, habló con su mamá residente en Los Ángeles quien le confirmó su sospecha y reflexionó sobre las sorpresas que da la vida pero no pudo evitar cierto complejo de culpa pues hacía unos días le había aplazado su materia a la hermana de Jeanette que obviamente también era su hermana. Con los meses el destacado periodista llegó como jefe de prensa de la institución donde realizó una gran labor.
--Estabamos recién retirados cuando con Raúl Magaña decidimos incorporarnos al Santanita, equipo de softbol donde encontramos una cofradía de grandes personas, el equipo era manejado por don Napoléon Luna y por Manuel “Pajarito” Quintanilla y brillaban en sus filas estrellas de la pelota suave como el “Ticoco” Anaya, el “Pelón” Brand y el “Gato” Cornejo. Ese día nos enfrentábamos nada menos que al Marte y cuando me tocó mi primer turno al bate me sorprendí pues el lanzador rival estaba muerto de risa. Era William Meléndez a quien el recordado “Tito Burundanga” había bautizado como “Bote de Chile” por su carácter explosivo. Su actitud de momento no concordaba con su fama de mecha corta y sin poder contener la risa se me acercó y me dijo “¡qué estás haciendo aquí, ándate para el Cuscatlán!”
--He conocido aficionados de toda clase, pero Samuelito Ayala rompió todas mis expectativas cuando acompañado de Melissa su esposa, quien se encontraba en estado de gracia me expresó:- “¡mi hijo será marciano desde la cuna!”. Y así fue, las galas fueron azules para Samuelito Jr., pero el colmo fue que en su primera salida, en lugar de llevarlo a la iglesia lo llevó al Cuscatlán para animar a su querido equipo. Y a Melissa no le quedó otra opción.
--Mauro “Tiburón” Granados trabajaba con la compañía que construía los túneles en la carretera Litoral y entre sus compañeros organizó un equipo de fútbol, para ir a jugar contra el Destroyer del Puerto de La Libertad que militaba en la Segunda División. La cancha Chilama que por entonces era un pedrero fue el escenario para un partido, que de amistoso no tuvo nada pues los jugadores se dieron con todo al grado que sobre el final se armó una trifulca donde abundaban los trompones y las patadas. De pronto, Mauro vio que el arquero rival quien era nada más y nada menos que Luis “Catuta” López, cruzaba la cancha en su dirección y se preparó, pero el “Catuta” tenía otros planes. -“¿Verdad que usted no es de aquí?” le preguntó, -“véngase vamos a echarnos una botella y dejemos a estos tontos que se peleén”. Ese fue el inicio de una amistad que duró toda la vida, propiciada por el fútbol y el guaro.
--Era el mes de marzo y la selección nacional tendría un partido de fogueo contra el América de México. La Selecta volaba y el árbitro Joaquin Waldo Polío entró con la consigna de dejarlos jugar. Recién se iniciaba el encuentro cuando el mexicano Enrique Borja sacó un disparo que pegó de martillo, picó adentró del marco y salió. El línea era don Víctor Manuel “Chorizo” Guevara, un hombre incorruptible que corrió directamente al centro dando por válida la anotación. La afición estaba enardecida y Waldo dijo para sus adentro “¡si doy el gol, estos me linchan!”. Entonces tuvo una ocurrencia ingeniosa. Llegó donde su auxiliar y le preguntó: - “¿cree que va a llover hoy?”, don Víctor solamente gesticuló y el bribón del Waldo le dijo al “Pulpo” Fernández: - ”¡saque de ahí!”. Los mexicanos intentaron protestar pero la pelota ya estaba en juego. Don Víctor nunca más le dirigió la palabra a don Waldo.
--Mi hijo Carlos Manuel tiene un parecido enorme con el “Tata” Martino y cuando fuimos a los Estados Unidos a ver partidos de la Copa América advertí que no se ponía los anteojos pues el parecido es mayor. Ese día Argentina enfrentaba a la selección local y cuando dieron las alineaciones y mencionaron al entrenador de la albiceleste, mi yerno Eduardo Baños exclamó: -" ¡acá está, pero se está escondiendo!". Los aficionados lo veían y se ponían a reír, mientras que mi hijo se quitaba los anteojos y la chumpa de Argentina que más lo acusaba. Pero siempre hubo quienes se tomaron fotos con él.
--Todo el tiempo, la selección nacional había ocupado el camerino de la izquierda del estadio Cuscatlán. Y nadie había advertido que los líneas corren del medio hacia el sur. Tuvo que venir Rubén Israel para que se utilizara el del fondo pues es precisamente donde se les puede presionar, de lo contrario están a sus anchas.



LA LECCIÓN DEL “ VIEJO JUAN”
Era tan modesto que al incorporarse al Atlético Marte, precedido de laureles poco comunes en nuestro fútbol, ni siquiera mencionaba sus conquistas. Iniciábamos nuestras andaduras en la Liga Mayor con René “Tuca” Gómez, Adonay Castillo, Fredy Rivera, Ernesto Aparicio, Fausto Omar “Bocho” Vásquez, Ricardo Calderón, Carlos Ernesto “Pollo” Méndez, “Chito” Molina, los hermanos Nel y Orlando Escobar y lo asediábamos para que nos platicara de los equipos de su natal Argentina y casi a la fuerza, pero con mucha nostalgia mencionaba a sus excompañeros. Oírlo hablar de aquellos futbolistas tan ilustres que solamente habíamos visto en la revista El Gráfico, provocaba en nosotros una especie de extasis.
Juan Andrés Ríos había militado y conseguido el ascenso con el Ferrocarril Oeste, pero en 1960 lo compró el San Lorenzo de Almagro donde ayudó en grande para el subcampeonato y realizó giras por todo Suramérica y Europa, por cierto que en España disputaron la Copa Carranza con el Barcelona, Zaragoza, Internazionale. Venía en un gran momento y figurones como Antonio Roma, Silvio Marzolini, Vladimir Tarnawski, Humberto Indalecio Cansino, José Francisco Sanfilipo, Héctor Facundo habían sido sus compañeros.
Por esos días, Luis Alonso “Merengue” Castellanos quien era árbitro de lucha libre en la Arena Metropolitana seguía al equipo a todos lados, siempre estaba con nosotros incluso en las concentraciones y hasta se la daba de ser guardaespaldas de don Hernán Carrasco.
Juan decía que le hacía recordar a un pibe seminarista que seguía al San Lorenzo siempre que sus estudios litúrgicos se lo permitieran y que se lamentaba de no tener aptitudes para el fútbol aunque se compensaba viēndolo jugar. Con el “Ciclón” habían regresado de una gira por Europa cuando en 1964, el embajador de El Salvador en Argentina, doctor Armando Peña Quezada le propuso venir a jugar a El Salvador a un equipo llamado Atlético Marte y sin pensarlo tanto se hizo a la aventura.
Inicialmente jugaba como lateral pero se decidió por la zaga central donde se convirtió en todo un suceso al hacer pareja con su paisano Rodolfo Baello; en un receso tuvo un paso triunfal por el Comunicaciones de Guatemala, pero volvió para ser determinante en los títulos ganados por “Los Mustangs Azules” en 1969 y 1970. Aquella pareja de centrales era impasable, por arriba no había quien les ganara con el agregado de que el “Viejo” Ríos tenía una técnica depurada y dominaba de manera exquisita la pelota dentro del área al punto que jugando ante el Juventud Olímpica le hizo un túnel a Hugo Luis Lencina quien nunca se lo perdonó.
Juan Andrés y Rodolfo jugaban de memoria, hacían las postas y los relevos de manera tan coordinada que se imponía jugar por las bandas. ¡No había de otra!. Y en las concentraciones, su paisano y compañero nuestro, Carlitos Chavaño, quien en México había militado en grandes equipos, la hacía de narrador y como si estuviera en el estadio daba la alineación del San Lorenzo de Almagro, de tal manera que cuando llegaba al lateral izquierdo le ponía tanto énfasis que Juan Andrés gozaba con aquellas añoranzas.
Para entonces yo estaba envalentonado, eramos campeones, jugábamos a estadio lleno, con aficionados que llegaban a vernos perder pero que se iban frustrados y me equipaba al lado de cracks que hasta hacía unos años solamente conocía por los diarios y revistas. Ya no me sentía irreverente hacerlo al lado de Mauricio “Pachín” González, Ricardo “Chele” Sepúlveda, Alberto “Pechuga” Villalta, Guillermo “Loro” Castro, Raúl “Araña” Magaña y en una de esas tuve un incidente con el “Viejo” Ríos que me volvió reflexivo, prudente y me hizo poner los pies en la tierra.
Por cuestiones sin importancia me puse a discutir con él y en mi soberbia hasta lo reté a pelear para ver quien tenía la razón. Juan Andrés en un gesto que toda la vida le he agradecido, me dijo que las diferencias no se solucionaban de esa manera, me dio un montón de consejos que hasta me sentí villano y ridículo.
Al día siguiente iba al entreno más temprano que de costumbre, cuando vi que los integrantes del escuadrón de paracaídistas de la Fuerza Aérea hacían sus maniobras, en una esquina estaba un grupo practicando boxeo y se daban con todo. Poco a poco me fui acercando y divisé al “Viejo” Ríos dándole la más grande lección objetiva de boxeo al instructor que era un campeón nacional.
En ese momento se apoderó de mi un sentimiento de admiración y agradecimiento hacia ese hombre singular y hasta me sentí contento de tener mis dientes completos.
Luego me enteré que había sido campeón de boxeo del ejército de su país.
Con el retiro, Juan Andrés se quedó a vivir entre nosotros, trabajó en una institución gubernamental y nos hicimos muy amigos.
Desde hace un tiempo mi querido Juan ha estado aquejado de salud, lo fui a ver y recordamos tantas vivencias, yo le dí las gracias una vez más sobre aquella lección, solamente sonrió y me contó que luego de verlo en tantas fotografías y en la televisión, llegó a la conclusión de que aquel pibe seminarista que seguía al San Lorenzo de Almagro es ahora ni más ni menos que el Papa Francisco.

miércoles, 5 de abril de 2017

Los buenos extranjeros que dejan enseñanza o se han portado muy bien en el país se recuerdan con cariño, en ese sentido el uruguayo José Mario Figueroa Viscarret, el “Chueco” Figueroa, del Marte, dejó gratos recuerdos en una afición azul que celebró muchos goles y un campeonato nacional en 1985.



Tuvo una infancia detrás del balón en su natal Montevideo; el baby fútbol fueron sus inicios de donde pasó a las canteras del Fénix y con 13 años comenzó a entrenar a nivel profesional.

Por entonces Mario Figueroa alternaba su fútbol con el estudio en el colegio Santamaría del Ayuda y en el Liceo Juana de Ibarbourou.

Luego formó parte de una generación dorada de futbolistas uruguayos; Hugo de León, Rubén Paz, Venancio Ramos, Fernando Alvez, entre otros.

Tenía 18 años cuando el Waregen de Bélgica lo compró y así inició un largo peregrinaje que lo llevó a jugar en México, Ecuador, Costa Rica, Guatemala, Honduras y El Salvador.

Lo vimos jugar por primera vez con el Olimpia de Honduras en 1985 y desde ese momento nos impresionó su clase futbolística; para entonces estaba convertido en la estrella del equipo hibuerense que derrotó a la Selecta. 

Esa noche fue considerado el mejor del partido despertando elogiosos comentarios por su fuerza, velocidad, capacidad para tomar la línea de fondo, habilitando al compañero mejor ubicado y por supuesto su cuota de gol.

Varias semanas después apareció en el Cuscatlán pues Julio Escobar lo quería para el Águila. 

Pero el chileno fue dado de baja y el contrato quedó en la nada. Algunos marcianos que lo habían padecido con la Selecta advirtieron su presencia y abogaron ante su directiva para que lo contrataran. No podía haber mejor recomendación y Mario comenzó a meter goles para todos los gustos conduciendo al equipo azul a ostentar el último de sus títulos ganado aquel 25 de diciembre de 1985.

Por eso se encuentra entronizado en la galería de ases adorados por la afición marciana que lo recuerda con aquel gol navideño, en el 5-3 al Alianza, con un disparo extraordinario que describió una parábola antes de meterse en el arco encomendado a William Santillana.

Por entonces lo buscamos para saber sobre sus hazañas y su historia, descubriendo un ser humano excepcional, con una caballerosidad casi novelesca. 

Luego se fue al Galcasa guatemalteco donde también rindió grandes actuaciones. Pero no conforme con meterse en el alma de la afición nacional, con esa su calidad humana conquistó el corazón de Cristina Posada, distinguida dama salvadoreña con la que procreó a Juan Carlos y Rodrigo quienes siguen en la huella conductual de su padre.

Y es que a menudo cuando abordamos a quienes fueran sus compañeros con los que guarda amistades entrañables, la opinión es unánime en cuanto a que se trata de un caballero dentro y fuera de la cancha, el puntero ideal con el que habría soñado un entrenador, el compañero que contagiaba la amistad abriendo las puertas de su casa para todo aquel que quisiera hablar de fútbol o pasara por algún problema.

 Y sigue igual, porque en este uruguayo se conjugan en gloriosa armonía la solidaridad y la humildad, dos sustancias que tanto nutren y enriquecen a la especie humana.


¿A qué se dedica actualmente?
A entrenar fútbol con jóvenes, trabajo en la Escuela Americana de El Salvador, país donde resido desde hace 25 años. Tengo mi título de entrenador de primera división, por ello ya dirigí equipos competitivos como el Atlético Marte y el Alianza.


¿Le gustaría dirigir al Marte?

Claro, sería un honor, aunque actualmente no estoy mentalizado en ello, ya que he estado apartado del fútbol competitivo, hay mucha presión, y eso ya la viví en mi etapa de jugador.


¿Por qué no regresó a su país natal?

No regresé porque aquí me casé y vivo feliz en El Salvador con mi esposa e hijos.


¿Cómo fue su infancia?

Fue muy bonita, siempre andando detrás del balón y jugando libremente con mis amigos.Comencé en las divisiones inferiores del Fénix de Uruguay. De niño jugaba en Baby Fútbol y a los 13 años comencé a entrenar en un club profesional.


¿Estudiaba y jugaba?

Siempre estudiaba y jugaba, tuve la suerte de estudiar en colegio privado Santamaría del Ayuda y en el Liceo Juana de Ibarboroua. A los 18 años mi club me vendió al Waregen de la Primera Division de Bélgica, allí comenzó mi peregrinar por varios países, México, Ecuador, Costa Rica, Guatemala, El Salvador y Honduras.




¿A nivel profesional en qué equipos jugó en su país?

En mi país jugué siempre en Fénix, debuté en primera a los 17 años, estuve en la selección juvenil uruguaya donde alterné con grandes jugadores como Hugo de León, Rubén Paz, Venancio Ramos, Fernando Álvez, entre otros.


El mote del “Chueco”, ¿Le molesta?

Lo de “Chueco” es algo normal en mi país, así nos dicen a todos los cascorbos en Uruguay, Argentina, Chile, es un apodo de cariño y así fue desde joven, no tiene el mismo significado aquí en Centroamérica.


En Honduras hizo historia tambien.





En plena acción en la liga catracha, Figueroa fue un delantero oportuno, anotó 18 goles en tres temporadas.

¿Cómo llegó al Olimpia?

Llegué recomendado por José Luis Mattera (QDDG), a través de otro técnico uruguayo José “Pepe” Etchego, eso fue en 1983.


Sus compañeros de Olimpia, ¿cuál trato le dieron?

Fui muy bien recibido por mis compañeros y directivos de esa primera época, siempre recuerdo con cariño a Jorge “Perro” González, Arturo Cáceres, ambos ya fallecidos. También a otros grandes compañeros como “Tecate” Norales, “Indio” Ruiz, Belarmino Rivera, en fin recuerdo a varios grandes compañeros.


¿Su debut en Honduras?

Mi debut fue contra Victoria, ganamos dos a cero, llegué un martes y el domingo ya jugaba contra ellos.


¿Su mejor recuerdo en Honduras?

Los dos torneos ganados con Olimpia son un gran recuerdo en mi vida, imborrables. Las dos etapas fueron buenas, ya que ganamos torneos y teníamos un gran grupo.


¿Y el peor?

Siempre entraba a los partidos a dar todo, muchas veces lesionado pero era difícil. Me dolía faltar a algún partido.


¿El mejor reconocimiento que recibió en Honduras?

Eso me lo reconoció la afición y se lo agradezco siempre, porque recibí y recibo aún con los años un gran cariño de los olimpistas y también de muchos que no lo son, pero me recuerdan esa buena época de fútbol en Honduras.


¿Por qué solo llego al Olimpia?

En Honduras solo jugué en Olimpia, a pesar que tuve ofertas de otros equipos, pero siempre tuve mucho cariño al club, de jugar contra el Olimpia preferí mejor irme a otros países.


¿Mantiene amistad y contacto con sus excompañeros?

Quedaron muchos grandes amigos, jugadores, sería injusto nombrar a alguien porque yo me llevaba bien con todos, con muchos nos seguimos comunicando por las redes sociales.También tengo amigos de la prensa, directivos y amigos particulares, de los cuales me gustaría mucho verlos, a todos les mando un gran abrazo.


Se quedó en El Salvador porque se casó con su esposa Cristina, con quien procreó tres hijos y vive muy feliz.



¿Qué concepto tiene del fútbol hondureño?

El fútbol hondureño ha tenido buenos logros a nivel internacional, se ha ganado un nombre a nivel mundial, seguirá avanzando porque hay talento, siempre van a salir grandes jugadores y yo estoy orgulloso de haber jugado en Honduras y en especial en el Olimpia.


¿Su mejor gol en Honduras?

Al Real España en 1984, gol de unos 30 metros en el estadio Nacional de Tegucigalpa, al mundialista Julio César “Tile” Arzú. Le hice goles a todos, no recuerdo a qué club más.


¿Algún entrenador que recuerde?

Quique Grey es un gran amigo y también hice amistad con “Chelato Uclés” aunque no lo tuve de entrenador, pero tuvimos una buena relación de amistad.


¿El defensa más difícil que enfrentó?

En ese tiempo había muy buenos defensores como Richardson Smith del Marathón y Allan “Cochero” Costly de Real España.


El portero más difícil…

Al “Tile” Arzú, mundialista con Honduras, con tremendas condiciones, experiencia y sobre todo mundialista destacado.


¿Por qué no regresó a Honduras?

La primera vez me fui en 1985 porque buscaban nacionalizarme y no se dio, hubo mucha demora en los trámites por eso me fui al Saprissa de Costa Rica y al Atlético Marte de El Salvador, luego en mi segunda estancia por mejor oferta económica tuve que irme al Galcasa de Guatemala.


Recuerdos con Olimpia en Concacaf

Muchos y buenos, contra los mexicanos, ticos, sobre todo las cuadrangulares que ganamos en Honduras. Una de ellas cuando el club cumplió 75 años, esa vez fuimos campeones centroamericanos ganando en Costa Rica, además ganamos la Liga.


¿Recomendó algún paisano suyo al Olimpia?

Yo recomendé a Daniel Viera al señor Ferrari, un gran amigo, no falló, sabía que era un gran jugador y me hizo quedar bien porque rindió, él había salido campeón con Central Español.


¿Qué concepto tiene del señor Ferrari?

Cuando llegué no estaba en el club, con él siempre me llevé bien, ha sido fundamental para el cambio radical del Olimpia, cambió un montón de cosas, lo hizo más profesional, cuando llegué tenían problemas de infraestructura y gerencia, todo eso cambió, ahora es un equipo respetado y solvente.


¿Alguna anécdota en el Olimpia que nos quiera compartir?

Una vez estábamos jugando un clásico, un árbitro me expulsó, pero yo no fui el agresor cuando le reclamé, me dijo, ni modo ya te eché, no puedo hacer nada, salte de la cancha, después no me suspendieron al ver los videos, pero me dolió que me expulsaran ante Motagua.


Un mensaje

Quiero aprovechar el reportaje para decirles que amo a Honduras y su gente, no olvido los grandes momentos que viví especialmente en el Olimpia, sé que mi trabajo hizo feliz a muchos hondureños. Saludos fraternos desde El Salvador.





Además el ex delantero que hoy reside en  El Salvador fue parte de aquel equipo que se paseaba por toda la región centroamericana alzando títulos regionales ganándole a los grandes del istmo.



Hoy se recuerda con nostalgia y alegría los gratos momentos vividos en el fútbol hondureño y asegura que al país, pero sobre todo al Olimpia, lo lleva en el corazón porque vivió momentos imborrables de su carrera deportiva.



Figueroa está en la lista de grandes atacantes uruguayos de la historia del Olimpia, en ella comparte honores con sus paisanos Walter Chávez, Juan Carlos “Rata” Contreras, Carlos José Laje y Washignton Ramiro Bruschi.



domingo, 26 de marzo de 2017



Cuando llegó al Marte en 1976, Norberto Huezo iba con las intenciones de sobresalir y sacar provecho de la estabilidad económica del equipo. Los militares habían hecho del cuadro marciano una institución con solvencia en sus salarios. Esto provocó la conformación de grandes plantillas y ser considerados siempre favoritos en la pelea por los campeonatos.

“En cada puesto había dos o tres jugadores. Era difícil ganarse la titularidad”, comentó el popular ‘Pajaro’. Entre los nacionales, hubo nombres como los de Omar Barillas, José Luis Rugamas, Miguel González y Ramón Fagoaga. Como refuerzos extranjeros estuvieron Carlos ‘el Nene’ Escalante y Alfredo Di Baggio.

Destacar en esta pléyade de futbolistas era elogiabe, esto lo consiguió Norberto Huezo a base de buena técnica e inteligencia para manejar el medio campo. “Era un equipo de tradición, formado por excelentes jugadores nacionales y extranjeros”, dijo. El fruto de su esfuerzo lo obtuvo en la temporada 1979-80. ‘El Pájaro’ conseguía su primer campeonato con Marte, el sexto en su historia.

Huezo era el típico líder. De los que ahora no se encuentran en ningún lado del fútbol mayor. De semblante serio. Sobre el terreno hacía lo que debía. Hablaba poco y sus mejores expresiones eran con el balón.
Y cuando iba tras o con el balón, normalmente ya iba enfilando su mirada al compañero, no al horizonte y menos cabizbajo. Siempre iba observando a su colega mejor posicionado en pos del ataque.

Así es como se recuerda el paso de Norberto “el Pajarito” Huezo en el fútbol nacional. Su condición de auténtico 10 fue adoptada, según él, de forma natural y solamente supo mantenerla al impregnarle un poco de carácter, sacrificio y seriedad.
Eso lo llevó a pisar campos de España –cuatro años–, México, Costa Rica y Guatemala.
En tierras ticas, con el Herediano, consiguió su segundo campeonato en una liga nacional. Aquí se coronó con el Atlético Marte en 1985.

Ahora, muchos años después de ese Mundial, quizá su mejor momento futbolístico, “el Pajarito” dice que no le gusta ser considerado como el mejor 10 de la época y menos que se le diga que ha sido el último que hizo grande al 10.

Creativo, inteligente, líder y por supuesto altamente técnico, de entre otras cualidades dignas de ese rol tan importante en un equipo de 11 futbolistas... por hoy extinguida.
Nombre 
José Norberto Huezo Montoya 
Apodo "Pajarito" 
Nacimiento 6 de junio de 1956 San Salvador, El Salvador 
Posición centrocampista 
Año del debut 1975 
Club del debut CD Universidad de El Salvador 
Año del retiro 1993 
Club del retiro CD FAS 


José Norberto Huezo Montoya (San Salvador, 6 de junio de 1956) es un ex futbolista salvadoreño. Su carrera comprende una copa mundial de fútbol, y participaciones en ligas extranjeras. En el terreno de juego se desempeñó como mediocampista. Como técnico ha dirigido selecciones nacionales juveniles salvadoreñas.

En la Primera División de El Salvador, Huezo jugó para los equipos CD Universidad de El Salvador (1974) y Antel (1975) donde fue compañero de Jorge González.1 2 En 1976 militó en CD Atlético Marte y, después de haber tenido un paso por el fútbol mexicano con CF Monterrey en 1977, retornó nuevamente al cuadro marciano entre 1978 a 1981, año que se coronó campeón de la liga salvadoreña.

Tras su participación en el mundial de España 1982, formó parte de los equipos españoles Cartagena FC (1982), CF Palencia (1982-1983) y Valencia CF (1983-1985). Otra vez regresó a El Salvador donde consiguió su segundo título con Atlético Marte en 1985. El siguiente año partió hacia Costa Rica donde prestó sus servicios a CS Herediano (1986 a 1987), equipo con el que consiguió otro campeonato.2Posteriormente viajó a Guatemala con Deportivo Jalapa (1988 a 1990) y Deportivo Escuintla (1991-1992). Terminó su carrera en CD FAS en los años 1990.

En la Selección de fútbol de El Salvador, fue parte de tres eliminatorias para la copa del mundo. En las rondas previas para Argentina 1978, jugó en ocho partidos.

 Posteriormente, lograda la clasificación al mundial de España 1982, participó en los tres encuentros de la primera ronda del torneo. 

Finalmente, para México 1986 intervino en dos juegos contra la selección de Honduras en 1985 durante la segunda fase de eliminatorias.3 En total, Huezo marcó dieciséis goles con la selección salvadoreña.4

El auténtico 10

Éstas son las 10 cualidades que, a criterio de ex futbolistas y entrenadores, debe tener un verdadero número 10 en un equipo de fútbol:
Alta capacidad para entender y poner en práctica ideas tácticas
Capacidad para rendir igual en equipos y selecciones
Liderazgo
Creatividad
Carácter para saber controlar momentos difíciles del equipo
Personalidad dentro y fuera del campo
Manejo de los tiempos del juego (la pausa y la velocidad a la vez)
Alta calidad técnica
Buen perfil de llegada por ambas bandas
Buen disparo
¿A qué se debe la falta de verdaderos valores en los equipos de Liga Mayor?

Norberto Huezo: El problema es muy amplio, viene en sí de la escasez de talentos que tiene el país. Y ése es un problema que arrastra la Liga Mayor desde hace muchos años. A la Liga Mayor hoy llega cualquiera.

Si hacemos una selección hombre por hombre, posición por posición, ¿resultaría difícil sacar un equipo con auténticos jugadores para cada puesto?

De hecho así es, es difícil y ello se refleja en las selecciones. En la última Copa de Oro, todos pasaron desapercibidos.

Para ser específicos, ¿qué cree que está pasando con la ausencia de verdaderos líderes, números 10 en los equipos?

En el caso especial de los números 10, es más agudo, ya que ese número significa ser el líder, la manija, el que da la pausa, el que pone el ritmo en los partidos, el que impone carácter. O sea, reune condiciones de jugador especial. Y ahora no los hay.

Usted llevó la camisola con el 10 en varios equipos y la selección, ¿pesa llevar ese número?

La verdad significaba mucho, la responsabilidad que tiene ese jugador es muy importante; y eso creo, el talento es lo que hoy está haciendo falta en este país.

Con su experiencia, ¿cuánto tiempo cree que se lleva sin contar con jugadores de gran calidad, que en realidad sean el 10 que llevan en la camisola?

Yo creo que eso no es un secreto para nadie que se mueve en el fútbol, quizá tenemos ya unas dos décadas sin contar con ellos. La clasificación al Mundial del 82 es el mejor referente.

¿Y en las últimas selecciones nacionales?

En la selección no hay nadie que tome la manija. En los equipos se da el mismo fenómeno.

¿No hubo ninguno?

Quizá Mauricio Cienfuegos tuvo su momento, brilló con la selección y sí ha sido profesional, pero tampoco, no sé, no soy quien para decirlo. Tendría que decirlo gente que entiende, ustedes los periodistas, y no me gusta hablar de mí mismo.

¿En su época era difícil ser el 10 del equipo?

No sólo eso, para llegar a Liga Mayor había que pasar tres o cuatro jugadores que estaban en el puesto. Ganarse ese puesto era más difícil. Ahora no, la misma escasez de talentos lo facilita.

Entonces, ¿se ha vuelto casi un vicio ser de la Liga Mayor?

Ahora es más fácil llegar a Liga Mayor. Por ello es que ustedes ven a gente con deficiencias físicas y técnicas en primera división, es increíble.

¿Hasta cuándo cree que la afición pagará para ver este tipo de fútbol?

Hasta que no se tome en serio el trabajo a nivel de las canteras, es ahí donde tenemos que trabajar, con los niños para enriquecerlos en la técnica.

Sólo de ahí pueden surgir los verdaderos talentos.
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