viernes, 25 de febrero de 2011











Cuando el alba caía sobre El Salvador, el rostro de una mujer se perlaba de lágrimas... lágrimas que nacían de las entrañas de su vientre, del dolor que produce la maternidad, acaso la virtud más grande de una mujer.


No hubo necesidad de sábanas blancas de hospital, ni de una emergencia vestida del blanco de médicos y enfermeras, bastó una partera para atender el nacimiento de aquella criatura marcada por la estrella de los genios.


El nacimiento ocurrió un 13 de marzo de 1958, en una humilde vivienda de la Colonia Luz de San Salvador. Era el octavo parto de Victoria Barillas de González, entonces de 42 años de edad.


Antes de nacer ya se tenía destinado el nombre de aquel bebé... No hubo por qué buscar nombres extraños o de ortografía complicada, para qué, si el destino había marcado la gloria para el recién nacido y su nombre debía de ser de fácil pronunciación y motivo de orgullo para los salvadoreños... Jorge Alberto González Barillas.


Con el talento en la sangre


Cuarenta años antes, en el municipio de Agua Caliente, un pequeño pueblo de Chalatenango, escondido entre veredas y verdes montañas, nació Oscar Ernesto González, la raíz de una estirpe de futbolistas, para muchos la más grande de nuestra historia.


Oscar Ernesto vivió su infancia y su adolescencia, entre los cuadernos de la escuela pública, los trabajos agrícolas y entre balones fabricados de trapo que servían para armar pequeños encuentros de fútbol, en la explanada del parque de Agua Caliente.


Y aquel flaco tenía algo más que los demás, estaba dotado de una habilidad con el balón superior a sus compañeros y amigos, característica que en el futuro, curiosamente, distinguiría a sus bisoños.


La gente del pueblo se reunía alrededor del parque, las rutinas vespertinas estaban regidas por las tertulias del diario vivir, y por algo muy peculiar, observar las destrezas de aquel adolescente, que junto a Miguel, su hermano mayor hacían el deleite de todos.


Los equipos de Nueva Concepción, Chalatenango, El Paraíso, Concepción Quezaltepeque y otros municipios chalatecos, uno a uno buscaban explicaciones del porqué perdían con los juveniles de Agua Caliente.


Cuando en plena juventud Oscar Ernesto decidió marcharse a la Capital, San Salvador, las tardes en Agua Caliente dejaron de ser las mismas, con él emigraba el deleite de la comunidad, se perdió al joven predilecto, cuyo entendimiento con un balón de fútbol se transformaba en la alegría del pueblo.


Y claro, moverse a San Salvador no era un simple capricho, era la necesidad de buscar la superación en todo sentido, tal y como lo ha sido siempre, en todas partes, la gran ciudad representa la oportunidad de un mejor futuro, las puertas del trabajo y un ingreso económico superior al de la campiña.


Oscar Ernesto junto a su hermano Miguel, rápidamente demostraron a propios y extraños que aquellos eran algo más que otros dos chalatecos, no se trataba sólo de trabajadores con aguante de sol a sol, tenían una cualidad que resulta una codicia en la juventud, se distinguían con el balón en sus pies.


No fue necesario que pasaran muchos años para hacerse de un lugar deportivo, el nivel de su juego les llevó a engrosar las filas juveniles del Hércules F.C. aquel equipo que durante la época de inicios de la Liga Mayor del fútbol salvadoreño, fue campeón seis veces consecutiva (entre 1927 y 1934).


La historia registra que Oscar Ernesto y Miguel eran las estrellas del equipo, hasta que el segundo sufrió un accidente y se quebró una de sus piernas.


En el fútbol las revanchas son algo que ha existido toda la vida, Miguel volvió a jugar, pero el intento tuvo un precio muy grande, ya que el joven jugador demostró que su espíritu no se había doblegado ante aquella lesión, sin embargo, su físico no tuvo el mismo ímpetu y pese al valiente retorno, ya no fue el mismo, desde entonces para sus amigos era "El quemado”.


Los apodos son como la extirpe, como el carnet de identidad familiar, el cual se hereda. Y en este caso no hubo excepción para la regla, "El quemado”, pasó a ser también el sobrenombre de Oscar Ernesto, algo así como el “Jr”.


Mientras "El quemado Jr”, seguía deleitando con sus gambetas sobre balones deformes, allá en el barrio El Calvario de la capital, una joven se desvivía por una pasión extraña para una mujer... El fútbol.


Victoria Barillas, era una joven sencilla y jovial, muy femenina, pero extrañamente amante del fútbol.


Cada vez que el equipo del barrio iba a jugar, ella y dos o tres inseparables amigas eran las fieles acompañantes. Los jugadores salían en carretas o en camiones y allí iban ellas, dispuesta a gritar a sus jugadores.


A veces llovía, otras veces el sol era inclemente, pero no importaba, allí estaban ellas, lideradas por la figura de Victoria gritaban a todo pulmón los goles de su equipo.


Más de alguna vez un jugador le dedicó sus goles a Victoria, más de una vez ella se atrevió a reprimir a los árbitros por sancionar una jugada equivocada... Esta mujer, de haber sido hombre, sin lugar a dudas hubiera sido futbolista.


Los azares de la vida permitieron que un día aquella joven morena aficionada al fútbol a morir, conociera a aquel joven futbolista por vocación. Entre ellos hubo más que química, más que comprensión y deseo físico, entre ellos hubo afinidad en casi todo... Hubo amor y hubo fútbol, para largo rato.


Un día, que ni Oscar Ernesto ni Victoria recuerdan, él le pidió a ella que fuera su esposa y la madre de sus futuros hijos. La respuesta fue inmediata y el matrimonio para toda la vida.


Producto de aquella unión, nacieron ocho hijos, en su orden Mauricio, Leticia, José Francisco, Oscar Arturo, Efraín, Miguel Guillermo, Jesús y Jorge Alberto.


Si Oscar Ernesto y Victoria eran amantes del fútbol, no iban a tener hijos amantes de la literatura o apasionados por la filosofía, o desvividores por la política... Fácil, tenían que ser futbolistas.


¿Leticia, futbolista?, bueno, no tanto, pero si aficionada y seguidora de sus hermanos a quienes admiraba y sigue admirando.


Mauricio, después de Jorge, ha sido considerado uno de los jugadores más habilidosos que ha parido nuestra tierra, acaso los testimonios más fieles de lo que su padre realizó en las canchas.


Y si los apodos se heredan, pues Mauricio es el responsable de que a la dinastía de los González Barrillas se les conozca como los "Pachines”.


Cuando Mauricio era un mozalbete, estaba en su apogeo la caricatura "Pachín”. A alguien se le ocurrió que el muñeco se parecía a Mauricio y desde entonces ese sería su sobrenombre y el de sus hermanos menores. Claro, Jorge rompió ese estereotipo, una vez se dio a conocer.


José Francisco y Oscar Arturo fueron buenos jugadores, con capacidad para enrolarse en equipos de Primera Categoría, sin embargo no les picó esa espinita que se incrustó en el resto de sus hermanos. Simplemente no les obsesionó la idea de los entrenamientos programados y todo lo que involucraba la Liga Mayor, pero para no romper el libreto familiar, durante mucho tiempo militaron en equipos de la Liga de Ascenso, donde el compromiso no era tan formal. Ambos fueron de los mejores, demostraron que sus cualidades eran suficientes para estar en aquella liga que habían mirado de reojo y con la que prefirieron guardar la distancia.


Miguel, Efraín, Jesús y Mauricio, fueron jugadores de primera línea. En sus mejores momentos nunca faltaron en los seleccionados nacionales, por mucho tiempo fueron las estrellas de sus equipos.


Ellos marcaban la diferencia en los aficionados entre la preferencia de asistir o no al estadio, todo dependía del hecho de si los “Pachines” jugarían o no, así lo vivieron muchos aliancistas (por Mauricio y Miguel), muchos “Marcianos” (por Mauricio y Miguel), seguidores del ANTEL (por Miguel, Jesús y Efraín) y vicentinos del Independiente (por Jesús y Efraín).


Jorge, por su parte, fue un fuera de serie, una estrella que brilló con el toque mágico de un balón de fútbol, perteneciente a una raza que egoístamente proporciona a uno de sus hijos cada cien o doscientos años, “el verdadero mago” como lo calificaría el mismo Diego Maradona.



Y como lo aclamarían sus más extasiados seguidores, un ser de otro mundo cuando estaba en el terreno de juego, un epíteto inexistente para valorarlo como futbolista... Jorge era, es y será simplemente mágico.


Y es que el fútbol lo lleva en la sangre, en el corazón, en el alma, en cada poro de su piel. Jorge y fútbol son un binomio indisoluble. Una vez Jorge dijo que sería futbolista aunque fuera en silla de ruedas, cuando el tiempo ha transcurrido desde ese momento, nos damos cuenta que su apreciación se quedó corta, porque nunca dejará de serlo, pues la herencia generacional hará que las nuevas generaciones traten de emularlo y seguir sus pasos.



Quienes incomprenden a Jorge es porque no lo conocen. Jorge se resume en inocencia, en humildad, en introvertido, en incomprendido y en todo un fuera de serie, cuando de fútbol se trata valga esta reflexión... Gracias a Dios es salvadoreño.


Felicidades Jorge, que Dios te de mucha vida. Gracias por tus mágicas jugadas. Por ser salvadoreño.

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