lunes, 7 de julio de 2014









Ramón Fagoaga quien jugó más de 100 partidos con una ES en el pecho y dejó hasta el alma en la cancha. Hoy cuando vemos la entrega sin pausas de los jugadores en los partidos del Mundial debemos entender que también nosotros hemos tenido futbolistas capaces de arriesgarlo todo por defender nuestros colores.

Ya no quedan jugadores como él, los caudillos se acabaron en nuestro fútbol. Es probable que los entrenadores los hayan condenado a la extinción con esa tendencia obsesiva hacia lo táctico, que limita a los jugadores a funciones específicas, pero en los últimos tiempos no hemos visto aparecer y menos producir un jugador que tenga jerarquía sobre los demás a menos que para amañarlos. Ramón Fagoaga fue el último de esos jugadores que aunque les toque perder nunca se rinden, miembro de una estirpe que cuando las cosas van mal se echan el equipo al hombro y pobre de aquel que se achique o pronuncie una palabra derrotista. 

El Atlético Marte le ofreció sus colores y él los aceptó para defenderlo con uñas, dientes y un montón de artimañas y, esto es literal, para convertirse en una de sus nombres emblemáticos al punto que la escuadra azul sigue siendo el ámbito de sus amores futbolísticos, aunque diste mucho de su época cuando supo más de sonrisas que de amarguras. Decir Ramón Fagoaga es decir Atlético Marte sin mayores agregados o justificaciones; de donde fue catapultado a la selección nacional para jugar más de cien partidos ante los mejores equipos del orbe. 

En estos días de amaños a veces hemos pensado qué hubiera pasado o qué le hubiera pasado a los jugadores que vendieron su dignidad si Ramón hubiera estado en sus filas y los hubiera descubierto; un ser tan entregado a la causa de su divisa para quien cualquier asomo de sospecha de una trampa hubiera bastado para que pusiera las cosas en orden y no de manera pacífica. Surgió de una selección universitaria que dirigía José Luis Chino Siú, luego pasó al Dragón de donde se lo trajeron los marcianos. Juan Quartarone lo ubicó delante de la línea de cuatro a la usanza de la época, donde se movía como pez en el agua cuando su suerte cambió.

 Raúl Magaña dirigía a la selección nacional que ese jueves 24 de julio de 1976 se iba a enfrentar al Borussia Monchengladbach campeón de Alemania, pero sucedió un imprevisto: Luis Rivas, gran capitán del Águila y de la selección nacional sufrió fractura de tibia y peroné lo cual cambió los planes de Magaña y el futuro de Ramón. En el papel eran varios los candidatos a sustituirlo pero Raúl se la jugó por él y lo improvisó como defensa central o cuarto zaguero y acertó estruendosamente porque Ramón derivó en un soberbio defensor.
 A mi tocó ser testigo de ese arreglo pues lo fuimos a buscar a Cuscatancingo y Ramón puso sus condiciones; dos contestatarios, de esos que mueren con la suya, poniéndose de acuerdo. Pero al contrario de lo que se pudiera pensar Fagoaga no llegó a la selección con la timidez del novato pues a medida que destacaba comenzó a manifestar su propio punto de vista sobre el fútbol y la vida. Muchos dirigentes no vieron con buenos ojos su actitud acaso rebelde, la cual amenazó su militancia en la Azul y en el fútbol mayor. 

Pero su camino era ascendente, en realidad fueron su determinación y hasta su arrogancia en el desempeño de su puesto el secreto de su éxito porque alentaron con mayor abundancia su deseo de triunfar. 

Es que su presencia en la cancha era sinónimo de rudeza pues se desempeñaba con máxima fuerza, valentía, deseos de ganar, sin embargo al tener la pelota en los pies sabía como administrarla. A sus compañeros no les quedaba otra que secundarlo, pues su rebeldía casi indomable lo impulsaba a menudo a retar a quienes no ponían lo mejor de su esfuerzo en la cancha.

Luego de una carrera prolongada de 20 años, Ramón se retiró en silencio víctima de una jugarreta que le hicieron los dirigentes; para entonces había concluido sus estudios de administrador de empresas, rama en donde ahora es un destacado consultor. Por eso decimos que ya no quedan jugadores como él, con esa ascendencia sobre sus compañeros mediante características tan marcadas como su indómito temperamento, la obsesión por ganar y la fiera determinación por dignificar la profesion del futbolista.
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