domingo, 15 de octubre de 2017



En octubre se cumplen 45 años de la más grande efeméride del deporte salvadoreño. Ese 8 de octubre de 1969, allá en Kingston, Jamaica, un grupo de jóvenes cuscatlecos, dirigidos por el técnico argentino Gregorio Bundio Núñez y su auxiliar, el italiano José Santacolomba, clasificaban para el Mundial de México 70, al derrotar en el tiempo extra a la selección de Haití con el marcador de 1-0. Antes del juego, los antillanos se mostraban muy seguros, ya que eran veloces y diestros en el contraataque, por eso cuando el árbitro Keith Dustan, de Bermudas, marcó el inicio del cotejo, se fueron con determinación al ataque, pero se encontraron con una defensa salvadoreña bien parada.


Durante los 90 minutos reglamentarios, el partido fue muy parejo y culminó con empate a cero goles, por lo que fue necesario jugarse 30 minutos extra. Los muchachos salvadoreños habían perdido el partido anterior en San Salvador con el marcador de 3-0 y no estaban dispuestos a ceder ventajas, de ahí que se plantaron con aplomo frente los espigados rivales. Cuando se jugaban 14 minutos del primer tiempo extra, Mon Martínez se elevó entre varios defensas y aprovechó un tiro de esquina de Élmer Acevedo, que había desviado Genaro Sermeño, y de cabeza la alojó en el ángulo superior izquierdo de la portería defendida por el arquero Francillon, quien en el lance atrapó la pelota pero cayó dentro de la portería. Fue un gol de oro, de esos que conmueven a las multitudes y que provocan que un país entero caiga en el delirio. En la lejanía todo un pueblo se había emocionado y salió a las calles a celebrar para convertir en héroes a sus jugadores.



Mucho antes



La ruta había comenzado meses antes frente a Surinam y Curazao. La FIFA había distribuido los 12 países inscritos para la Copa del Mundo en la Concacaf en cuatro grupos distribuidos así: grupo 1: Estados Unidos, Canadá y Bermudas; grupo 2: Costa Rica, Jamaica y Honduras; grupo 3: El Salvador, Surinam y Curazao; grupo 4: Guatemala, Haití y Trinidad y Tobago. De cada grupo se clasificaría un equipo que, luego, se eliminaría a visita recíproca con el primero de otro grupo. De los cuatro clasificados saldrían dos series. Los dos ganadores jugarían entre sí, siempre a visitas recíprocas para dirimir quién sería el que clasificaba al Mundial. Si se producían empates tendrían que jugarse un partido extra en cancha neutral.



Nuestro primer rival



El 1 de diciembre de 1968 nos tocó enfrentarnos a Surinam y lo goleamos 6-0. El equipo nacional solamente había disputado dos juegos de fogueo. El primero contra Costa Rica, en San José, donde caímos 3-0 con dos anotaciones del Flaco Chavarría y uno de Roy Saenz, quien después vendría a jugar para la UES. Luego tuvimos la visita del Ferroviaria de Brasil, con el que caímos por la mínima diferencia con gol de Perxinho.



En ese primer partido ante Surinam, jugado en el estadio Flor Blanca, abrió la cuenta a los 23 minutos Joel "Cacique" Estrada y a los 56' aumentaba Víctor Manuel Azúcar, malogrado goleador que falleciera en los albores de su juventud en un accidente en la república mexicana. En los minutos finales se destató el equipo nacional y con otro gol del "Cacique" Estrada, Azúcar, "Cariota" Barraza y Mon Martínez se cerraba la cuenta.



Contra Curazao jugamos los dos encuentros en el Flor Blanca, el primero el 12 de diciembre que ganamos por la mínima diferencia con gol de José Antonio Ruso Quintanilla. Tres días después se jugó de nuevo en el mismo escenario y en esa oportunidad volvimos a ganar 2-1 con tantos de Mon Martínez y de "Cariota" Barraza.



Con esos seis puntos ya habíamos clasificado y el partido de vuelta ante Surinam se tomó con cautela y perdimos 4-1 en Paramaribo.



En los otros grupos, Haití había eliminado a Trinidad y Tobago y a Guatemala; los hondureños a Costa Rica y Jamaica en tanto que los Estados Unidos a Canadá y a Bermudas. Entonces se llegó el momento en que El Salvador se enfrentaría a Honduras y Estados Unidos se mediría con Haití.



El primer partido fue en el estadio Morazán de Tegucigalpa, en lo que sería el último juego en la selección del gran "Cariota" Barraza. "El Maestro" ya no podía con las lesiones pero hizo el último esfuerzo. No obstante su patriotismo no pudo evitar que perdiéramos 1-0; Lennear Welch, el defensa central hibuerense, nos hizo un gol cuando el árbitro se alistaba a pitar el final del encuentro. Luego vino el juego de vuelta el 15 de julio de 1969; esa tarde la selección fue una fuerza futbolística que arrasó a los hondureños 3-0, pese a que habían repatriado a la "Coneja" Cardona, quien jugaba en el Atlético de Madrid.



La diferencia de goles no valía y se tuvo que jugar el partido extra en estadio Azteca el 27 de junio. Fue una batalla bajo la lluvia, Mon Martínez anotó a los diez minutos, pero "la Chula" Gómez empató a los 27' con una chilena que venció a Gualberto Fernández; dos minutos después Mon se repitió y venció a Varela, el arquero hibuerense. En la segunda parte, a los siete minutos, "la Chula" Gómez vuelve a anotar, por lo que hubo necesidad del tiempo extra, donde "Pipo" Rodríguez, al minuto 11, hizo el tanto de la victoria.



Ese acierto tuvo una connotación más allá de lo deportivo, no solo porque significó el triunfo salvadoreño, sino porque se recordaría como pretexto para nombrar la guerra que el Ejército salvadoreño libró con su par hondureño, del 14 al 18 de julio de 1969. En el mundo se vivían notables acontecimientos, el hombre estaba por llegar a la Luna, los hippies tenían su paraíso en California, las dictaduras reinaban en Latinoamérica y los movimientos guerrilleros se gestaban. Entre tales coordenadas se disputó lo que muchos llamaron la Guerra del Fútbol, entre dos naciones aquejadas por los mismos males cuyas acciones terminaron con soldados muertos de hambre que, al no tener municiones, hasta reventaron cohetes de vara para atemorizar al enemigo.



Haití, por su parte, había eliminado a los Estados Unidos, por lo que la final se pactó para jugar el primer partido en Puerto Príncipe el 21 de septiembre de 1969.



Ante un lleno total en el estadio Silvio Cator, la selección ganó 2-1. Élmer Acevedo, de tiro libre, abrió el marcador al 43', pero Obas empató al 59'. "Pipo" sería de nueva cuenta el hombre providencial tres minutos más tarde para marcar el 2-1.



Fue un triunfo que nos dejaba a tiro de empate para asistir al Mundial. Para entonces y para demostrar que éramos cordiales, el pueblo se volcó a las calles para recibir a los haitianos. Tal actitud les elevó la moral y nos ganaron 3-0. Desir, Francois y Barthlemy nos sorprendieron y fue así como llegamos al tercer partido en Jamaica, un terreno neutral.



El partido decisivo



Fue histórico porque, ese encuentro, ganado el 8 de octubre en Kingston, ha sido el acontecimiento deportivo más grande de nuestra historia. Ni siquiera aquella victoria sobre México en Honduras en noviembre de 1981, que significó la clasificación a España 82, podría comparársele. Lo de Kingston tuvo de todo: intensidad, suspenso, emoción y un final que no podía ser más dramático. No hubo figura que sobresaliera sobre las demás, el mérito fue colectivo.



Durante el partido la gente se pegó a los radios en una vigilia ansiosa y allá en Jamaica, cuando cayó el gol de Mon Martínez, los integrantes de la Selecta evidenciaron enormes recursos espirituales. A veces sacando la pelota de la zona de peligro, por sacarla, sin meditar sobre su destino, sin miedo al ridículo mientras que en el arco el grandioso Gualberto Pulpo Fernández se agigantaba. En la defensa Roberto Rivas, Salvador Mariona, Jorge "Indio" Vásquez y Mauricio Manzano se multiplicaban, con la ayuda del "Ruso" Quintanilla, Salvador Flamenco Cabezas y Mario Monge e incluso Élmer Acevedo que se mostraba para la salida.  Arriba, "Pipo" Rodríguez jugando lesionado y el sensacional Juan Ramón Mon Martínez aguantando de todo con los centrales haitianos. La dignidad de El Salvador estaba siendo premiada, acaso con generosidad, pero con mucha justicia.



En tanto, a lo lejos se ponían en actividad los mecanismos más profundos y misteriosos de nuestro pueblo. Se dice que en Izalco había un aquellarre en una vivienda cercana a la de Salvador Mariona; en el barrio San Miguelito los vecinos se habían reunido en la casa de los Flamenco Cabezas y allá en El Congo doña Chaguita Sermeño, amada madre de Genaro, había ordenado suspender el destazo. Unos rezaban, hacían promesas, otro se arrodillaban implorando al cielo.



Por eso cuando el partido terminó cundió la euforia, la gente salió a las calles para celebrar, reventar cohetes, brindar, aunque la mayoría ya andaba alegre. Muchos se tomaron asueto al día siguiente por su propia cuenta y riesgo luego de 120 minutos de estar pegados a la radio. Y allá en Kingston los muchachos se fundían en un abrazo interminable, mientras que El Salvador comenzaba los preparativos para recibir a sus héroes. Desde entonces este grupo de jóvenes de otrora sigue reuniéndose periódicamente y, aunque algunos ya se marcharon, permaneces unidos por el fútbol y por aquella gesta inolvidable.
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