martes, 27 de octubre de 2015

Pasan los años y Juan Ramón Martínez sigue siendo el más grande centrodelantero que ha producido el fútbol salvadoreño.



Un futbolista que comenzó su carrera como impetuoso hombre de área para después experimentar la metamorfósis de tirarse atrás a la media puntada, derivando en un talentoso número 10.

Aunada a su gran clase futbolística, su cabeceo y a los cañones que tenía en ambas piernas, había desarrollado en alto grado la capacidad de concentración y su definición frente al arco era tan rápida que muchas veces ni el mismo se daba cuenta de lo que hacía. Además fue infalible ejecutor de penales, pues le pegaba tan fuerte a la pelota que a los arqueros no les dejaba opción de reaccionar.

Surgió de los torneos de baby fútbol que introdujo en el país el recordado entrenador argentino Gregorio Bundio y que se organizaron en San Miguel a finales de la década de los 50 en la cancha de baloncesto del Club Deportivo Águila. Ahí comenzó a dar de que hablar como goleador implacable, para después con su adolescencia ser incorporado al equipo emplumado, donde pronto llegó al estrellato.

Los aficionados lo recuerdan integrando al Águila de Juan Francisco “Cariota” Barraza, Raúl “Pucúl” Bonilla, Lolo Milla, Rudy Sobalbarro, los costarricenses Álvaro Cascante y Walter Pearson, el brasileño Zozimo y luego en la Selección nacional que haría la gloriosa escalada a las Olimpiadas de México 68 y al Mundial 70.

En la ruta a esos Juegos Olímpicos, Món Martínez se estaba consolidando, pero para el Mundial fue determinante. Es que ningún acontecimiento deportivo de la historia de nuestro país ha casusado tanto entusiasmo y unión como cuando clasificamos a México 70; era la primera vez que un país centroamericano estaría entre los mejores 16 del mundo. Se inició la ruta contra Surinam y Curazao.

Fueron cuatro grupos distribuidos de la siguiente manera: 1): Estados Unidos, Canadá y Bermudas; 2): Costa Rica, Jamaica y Honduras; 3): El Salvador, Surinam y Curazao; 4): Guatemala, Haití y Trinidad y Tobago. El 1 de diciembre de 1968 derrotamos a Surinam 6 goles a 0; abrió el marcador Joel “Cacique” Estrada, aumentó Víctor Manuel Azúcar, luego otro gol del “Cacique” Estrada, Azúcar, “Cariota” Barraza y Mon Martínez se cerraba la cuenta.

El 12 de diciembre ganamos a Curazao por la mínima con gol de José Antonio "Ruso" Quintanilla y tres días después se jugó de nuevo en el mismo escenario y volvimos a ganar 2-1 con tantos de Mon Martínez y de “Cariota” Barraza.Con esos seis puntos ya habíamos clasificado y el partido de vuelta ante Surinam se tomó a la ligera y perdimos 4-1 en Paramaribo.

Luego iríamos contra Honduras que había derrotado a los ticos y a Jamaica en tanto los Estados Uniods que habían ganado a Canadá y Bermudas se enfrentaban a Haití que había eliminado a Guatemala y a Trinidad y Tobago.Para entonces la figura de Món se había agigantado, era el hombre a marcar.

No obstante en el primer partido ante Honduras el ocho de junio de 1969 no pudo anotar y caímos con un gol in extremis de Lennar Welch. Vendría después el juego de vuelta el 15 y la selección arrasó a Honduras 3-0 con una actuación memorable de su goleador, quien hizo dos tantos, uno de ellos de penal.

Entonces vino el juego extra en el Estadio Azteca el 27 donde se ganó 3-2 con dos golazos de Món y uno de “Pipo” Rodríguez. Haití había dominado a los Estados Unidos,de ahí que la final a dos juegos se pactó para realizarse el primer partido el 21 de septiembre en Puerto Príncipe en el Estado Silvio Cator, donde la Selecta se impuso con goles de Elmer Acevedo y “Pipo” Rodriguez en tanto el gol antillano fue de Obas.

En el partido de vuelta con solo empatar ya eramos mundialistas, pero los haitianos nos despertaron del sueño y nos vencieron 3-0 en el “Flor Blanca”; Decyr, Francois y Barthlemy nos sorprendieron y fue así como llegamos al tercer partido en Jamaica, un terreno neutral.

Esa partido el 8 de octubre de 1969 fue su máxima obra, no solamente por el valor del gol que anotó, sino por su valentía en el área. Había batallado durante los 90 minutos ante dos imponentes centrales y cuando se jugaban 14 minutos del tiempo extra, saltó entre entre ellos para vencer a Francillon.

Durante aquella campaña la gente se pegaba a los radios oyendo las clásicas voces de Mauricio Saade Torres, Hugo Adiel Castro, Mario Edgardo “Chamaco” Alfaro, Isamel Nolasco, Carlos “Escopeta” Osorio, Rosalío Hernández Colorado, Ernesto Aparicio, José Roberto “Cipote” Aquino, Santiago Chicas, Ángel Orlando “Pibe” Ochoa. Eran días triunfalistas, de saltos, abrazos y gritos de emoción para desembocar en festejos populares.En los buses, oficinas, fábricas, bares y cantinas no se hablaba de otra cosa que de la Selecta y de sus jugadores especialmente de “Pipo” Rodríguez y por supuesto del gran Món Martinez.

Ese 9 de octubre cuando la selección llegó al Aeropuerto de Ilopango fue una locura y al día siguiente los periódicos le dedicaron páginas y páginas. En las portadas salía Món Martínez abrazado con el presidente, general Fidel Sánchez Hernández, quien casi no se veía ante la enorme humanidad del Coloso Oriental.

Circularon entonces los rumores de que a Món le darían una casa, que lo iban a condecorar, y que sería recibido con honores en la Casa Presidencial, todo eso y más. Pero el extraordinario goleador, pese a su sencillez era un hombre suspicaz y de inmediato se dio cuenta que estaba siendo utilizado. Días después recibió una carta para presentarse a la casa de gobierno y cuando llego tuvo que abrirse paso entre un ejército de periodistas.



Unos minutos más tarde salió el secretario privado de la presidencia el coronel Arturo Armando Molina, futuro persidente del país, quien le entregó pomposamente un documento en el que le adjudicaban una casa del Instituto de Vivienda Urbana. Una gracia que se podía conseguir con menos costo, bastaba con alinearse en el partido de gobierno, ser amigo de un funcionario o una recomendación de un militar de cualquier grado para acceder a ello.

Mon lo recibió a regañadientes y salió amargado y resentido de aquel lugar, derivando después en un ser receloso, desconfiado del ambiente que le rodeaba. El militar solamente se limitó a decir que era un futbolista maleducado y desagradecido, lo cual le importó poco o nada. Por entonces estaba en la cima de la popularidad, era un héroe nacional y no solamente por sus goles sino por obra y gracia de la guerra contra Honduras que un mitómano polaco se la adjudicó al deporte.

Con patética brusquedad había cambiado su existencia y comenzó a vivir una vida para la que no estaba preparado. Su existencia sencilla de muchacho provinciano cambió radicalmente y se volvió una celebridad. Fue asediado por periodistas nacionales y extranjeros que venían exclusivamente a entrevistarlo, por cazadores de autógrafos que donde lo veían no lo dejaban en paz y, por antíguos amigos que pedían un préstamo o querían brindar por sus triunfos.


Y Mon era de los que no se negaban. Fue agasajado en todos lados, contratado para recomendar productos comerciales, abordado por gente humilde y por intelectuales que tocaban tópicos que no le interesaban y lo aturdían con preguntas que lo dejaban confuso.Entonces comenzó a vivir su propia vida y a disfrutar la gloria a su manera, fue cuando descubrió lo que muchos antes lo habían hecho, que muchas veces hay más exitación, más placer en intentar algo que en conseguirlo.

En 1971 se vino a la capital para hacer campeón al Juventud Olímpica que apadrinaba el dirigente Víctor Safie hijo. El entenador Mario Rey lo tiró atrás y aquella impetuosidad derivó en una clase futbolera impresionante, con cambios de juego de 30 y 40 metros, con pases exactos al vacío, siempre con sus disparos de larga distancia. Fueron sus compañeros Francisco Manuel Zaldaña, Tomás "Flaco" Pineda, Mario Hugo "Zurdo" Méndez, Oscar Mico Morales, Luis César Condomí, Rey Cabrera, Moisés "Pechemono" González, Miguel "Chaflán" Barahona, Guillermo "Lobito" Fisher.

Luego jugó en el Municipal de Guatemala, en el Tigers de Indiana, Alianza, Once Municipal y en el Atlético Marte. En 1982 se retiro sileciosamente y fue técnico auxiliar en el Atlético Marte.

De repente un día armó sus bártulos y se fue a California para trabajar como obrero. Con los años y en torno a su partida se han tejido muchas leyendas; que no quiere saber nada de nuestro fútbol, que tiene documentos con otro nombre y que reside en San Diego. Dondequiera que esté, nuestro fútbol le debe tanto al Coloso Oriental.
Sitio de Atletico Ma
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